El 3 de noviembre de 2026, Pedro Machado, miembro del Consejo de Supervisión del BCE, pronunció una conferencia magistral sobre simplificación normativa y complejidad en la Unión Bancaria.

La simplificación normativa es hoy una de esas ideas que todo el mundo defiende y casi nadie define con precisión. Desde la Comisión Europea —con sus sucesivos paquetes Ómnibus, que afectan a materias tan diversas como la sostenibilidad corporativa, la diligencia debida o la digitalización— hasta los grandes bancos que llevan años pidiendo alivio regulatorio, el consenso retórico es amplio. Lo que falta es el consenso conceptual. Y Machado, con elegante precisión, pone el dedo en esa llaga: simplificar no puede significar rebajar los estándares de capital. Puede —y debe— significar hacer las normas más proporcionales y más fáciles de entender.

El propio discurso recuerda que el conjunto de textos normativos prudenciales que un banco europeo necesita conocer y aplicar supera las 15.000 páginas. Seguramente haya que multiplicar por varias veces esta cifra para conocer la total extensión de unas reglas que con frecuencia no solo se solapan sino que se contradicen.

Hasta aquí, el discurso se mueve en territorio previsible para quien siga la agenda supervisora europea (salpicada de nuevos proyectos legislativos como el de hace unos días sobre la resilencia ante los riesgos físicos a escala del continente). El giro inesperado llega al final. Machado sostiene que las economías de escala en la banca son más importantes que nunca, y que la digitalización, la ciberseguridad y la inteligencia artificial no harán sino incrementar esa importancia. La frase que lo resume no admite ambigüedad: la escala que los bancos europeos necesitan se consigue mediante la integración transfronteriza o la consolidación doméstica en el seno de una Unión Bancaria completada, no por reglas más laxas.

Esto ya lo desarrollé con más extensión a propósito del discurso que Boris Vujčić pronunció en octubre de 2026, donde el vicepresidente del BCE articuló el diagnóstico clásico sobre la escasez de fusiones transfronterizas en Europa.

Lo que añade Machado —y aquí está, a mi juicio, la novedad que justifica este apunte— es el encuadre del problema. No estamos ya ante el argumento de crecer para competir o para aprovechar economías de escala en sentido tradicional. Estamos ante algo cualitativamente distinto: la necesidad de fusionarse para resistir, para sobrevivir a la presión tecnológica que impone la inteligencia artificial, fundamentalmente.

La frontera tecnológica es cara, señala Machado, especialmente en industrias donde los costes fijos pesan más y los activos son intangibles. Y la evidencia preliminar apunta a que los bancos que ya han adoptado soluciones de IA son más rentables, con los grandes bancos captando una parte desproporcionada del beneficio (a estos efectos, me remito a la reciente ronda de resultados trimestrales del sector bancario español).

Nótese lo que esto implica: la brecha competitiva no se abre solo frente a los grandes bancos estadounidenses o a los gigantes tecnológicos que orbitan el sector financiero (también norteamericanos). Se abre también, y de forma acelerada, dentro de la propia Europa, entre los bancos que pueden financiar esa transición digital y los que no pueden. La consolidación —doméstica o transfronteriza— deja de ser una opción estratégica de crecimiento y pasa a ser, en este marco, una cuestión de supervivencia. Lo dice el Banco Central Europeo.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *