Jill Eicher, Mellon vs. Churchill. The untold story of treasury titans at war, Pegasus Books, New York, 2025, 341 págs.

Winston Churchill es generalmente conocido por haber sido el líder que dirigió al Reino Unido hasta la victoria en los días más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. También por haber acuñado la expresión “telón de acero” o por haber ganado el Premio Nobel de Literatura en 1953.

Es menos conocido que fue “Chancellor of the Exchequer” entre 1924 y 1929. Fueron años cruciales, perdidos en realidad, en los que se discutió intensamente sobre la devolución de los bonos de guerra y la reparación de los daños originados por la Primera Guerra Mundial. La pugna con el gran acreedor, los Estados Unidos, representada por Andrew Mellon, dejó momentos que merecen ser visitados, de los que deja constancia Jill Eicher en Mellon vs. Churchill. The untold story of treasury titans at war.

Winston era un as de la política y de la estrategia, pero era un auténtico caos en la gestión de sus propias finanzas. Eicher nos cuenta la situación de aprieto por la que pasó, por ejemplo, en 1926: además de pedir prestado a Lloyd’s Bank y a su “trust” familiar, diseñó una estrategia para generar ganancias con el tercer volumen de su libro The World Crises (pág. 177).

Pero más llamativo aún es el contacto que Churchill tuvo con la crisis del 29, una vez que abandonó su responsabilidad en las finanzas británicas. Nuevas estrecheces financieras le llevaron a una gira, a finales del año, por los Estados Unidos (un “grand tour”) para promover el quinto volumen de The World Crises y escribir una serie de artículos en el Daily Telegraph y Collier’s sobre la propia experiencia en el “tour”.

En su viaje, Churchill conoció a las grandes fortunas de entonces, como William Randolph Hearst, Louis B. Mayer o Charles Schwab, y quedó totalmente impresionado. Particularmente le atrajo la atención de la bolsa (“the stock market”). Como él mismo informó (pág. 251), obreros de toda clase, chóferes, revisores de tren, ferroviarios, camareros y criadas son accionistas o compradores a crédito. Resulta una tremenda ironía histórica que un aristócrata británico de su talla intelectual y política terminara cayendo exactamente en la misma trampa especulativa que aquellos chóferes y criadas que tanto le habían sorprendido.

El resultado fue que cuando llegó a Washington el 18 de octubre, había invertido todas las ganancias del “tour” en la bolsa norteamericana… Cuando navegó de regreso a su país el 28 de octubre había perdido hasta el último céntimo como consecuencia de los rápidos acontecimientos acontecidos en Wall Street.

A pesar de todo, Jill Eicher nos cuenta que Winston abandonó los Estados Unidos sin rencor (pág. 253), admitiendo incluso que los inversores —como él— estaban avisados por la Reserva Federal. Incluso dejó escrito que Andrew Mellon le recomendó invertir en bonos antes que en acciones.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

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