(Apartado introductorio del capítulo «Las entidades Fintech y la inclusión financiera», incluido en la obra colectiva «Estudios sobre derecho digital», Perea Ortega, R. (Dir.), Thomson Reuters Aranzadi, enero de 2021)

 

“You can live in my new world or you can die in your old one” (*)

Khaleesi Daenerys Targaryen, protagonista de la serie “Juego de Tronos”

El desarrollo tecnológico y su aplicación práctica en el día a día por buena parte de los particulares y de las empresas de todo el planeta es un fenómeno innegable e imparable, en una tendencia que se podía anticipar por cualquier observador atento pero que con los acontecimientos de 2020 se ha exacerbado.

En el ámbito de las finanzas, específicamente, hemos presenciado cómo la transformación digital ha facilitado la rápida evolución de las entidades financieras, tanto en el desarrollo de sus procesos internos como, especialmente, en la forma de relacionarse con sus clientes y de comercializar los servicios financieros[1].

En cambio, lo realmente disruptivo no ha sido esta previsible tendencia, sino la aparición de nuevos competidores de corte no financiero en la oferta de este tipo de servicios, que han cuestionado la primacía, prolongada durante siglos[2], de la banca tradicional, y han coadyuvado a la alteración de las preferencias de los consumidores —o han dado respuesta a una necesidad de cambio latente durante algún tiempo—, dejando a los supervisores financieros en una posición incómoda, como mostraremos más adelante.

En cuanto a los usuarios, las entidades tradicionales son conscientes de la relevancia dada por la clientela a los nuevos canales digitales de relación y de contratación[3], por lo que procuran adaptarse a estos nuevos gustos, no siempre con éxito, hasta el punto de que suelen tener en cuenta en sus respectivos marcos de propensión al riesgo las posibles consecuencias de los cambios en las preferencias de los consumidores y de mercado[4].

Estos clientes dispuestos a que el proveedor sea una entidad Fintech son por lo habitual los más jóvenes, pero cada vez más usuarios de toda edad y condición están aceptando las nuevas reglas del juego y, por lo tanto, son susceptibles de ser captados por los nuevos proveedores tecnológicos[5]. No obstante, por el momento, tampoco se aprecia que las elecciones sean necesariamente excluyentes, pues estos “nuevos clientes digitales” pueden mantener a un tiempo una relación con varias entidades tradicionales y Fintech, tomando lo mejor que pueda ofrecer cada una de ellas[6]. También se están formalizando alianzas entre las entidades bancarias y las Fintech respecto de la provisión de un mismo servicio financiero[7], por lo que, en último término, la oferta será conjunta o permitirá visualizar la presencia en la prestación de dos entidades de naturaleza heterogénea, con los riesgos y confusiones que ello pueda eventualmente comportar (determinación de la entidad supervisora y del marco legal aplicable, cobertura, en su caso, por un fondo de garantía de depósitos…).

Los supervisores financieros, en la parte que les afecta, vienen siguiendo atentamente durante los últimos años la evolución del sector Fintech, especialmente en lo que incide en su mandato para preservar la estabilidad financiera y la prevención de la aparición de nuevos riesgos significativos. Aunque los supervisores suelen ser neutrales desde el punto de vista tecnológico, es decir, ni alientan ni desincentivan las tendencias de los mercados financieros y las correspondientes elecciones de los usuarios, sí velan por que se dé el adecuado tratamiento a los riesgos ya conocidos (riesgo de crédito, de tipo de interés, riesgo país…), además de a otros que traen causa de la digitalización y de los nuevos modelos de negocio[8].

En este contexto, los supervisores financieros suelen apelar recurrentemente a un mismo argumento: el marco regulatorio debe procurar un terreno de juego equilibrado (“level playing field”) que permita implementar el principio de que a una misma actividad y a unos mismos riesgos se les debe aplicar el mismo marco supervisor (“same activity, same risks, same supervisión”)[9].

Con todo, es complicado predecir con precisión cómo la digitalización cambiará el negocio de la banca y la estructura del mercado[10], y a dónde conducirá el proceso de evolución de las Fintech[11].

Como se puede apreciar, son muchas las cuestiones sin respuesta, las tendencias en curso y los riesgos, algunos identificados y otros latentes, asociados a la irrupción de las Fintech como oferentes de servicios financieros. Sin embargo, en el presente capítulo, más allá de estas consideraciones iniciales para la puesta en contexto, nos centraremos en una vertiente que parece no generar tantas dudas, como es la capacidad de las Fintech para proporcionar una mayor inclusión financiera en nuestras sociedades. Las Fintech, como se mostrará en el apartado tercero, ofrecen riesgos y oportunidades, aunque se pueden convertir en un efectivo aliado de los sectores público y privado para permitir el general acceso a los servicios financieros básicos.

Las entidades financieras tradicionales también pueden facilitar la inclusión financiera, y así lo han hecho históricamente, por ejemplo, en un país como España, en el que la práctica totalidad de la población tiene acceso a la red de negocio de las entidades y está bancarizada, al margen de tendencias recientes relacionadas con el cierre de sucursales y la mayor dificultad en algunos territorios y localidades para acceder a servicios financieros básicos. Sin duda, se puede ligar el riesgo de exclusión financiera con el cierre de sucursales bancarias en núcleos pequeños de población[12], aunque, a pesar de que haya desaparecido el 43% de las oficinas bancarias que existían en España, “el análisis de la capilaridad de la banca española muestra que, entre 2007 y 2017, el aumento de la población sin oficina bancaria cercana ha sido del 0,7 %, al haberse concentrado el proceso en las zonas con alta densidad de oficinas. Además, la aparición de nuevas tecnologías permite la utilización de fórmulas más flexibles y móviles para ofrecer los servicios bancarios”[13].

Pero, incluso en este escenario de repliegue, el sector financiero tradicional sigue tratando de ofrecer soluciones a su clientela, en solitario o en colaboración con terceros, en el marco, habitualmente, de iniciativas del sector público[14].

No obstante, en el presente capítulo nos centraremos en las Fintech, que, con sus soluciones tecnológicas, pueden permitir la inclusión financiera masiva de cientos de millones de personas, especialmente en países menos desarrollados y con más dificultades para acceder a infraestructuras. Se estima que unos “1.700 millones de adultos se encuentran en situación de exclusión financiera, al no disponer de acceso a una cuenta que ofrezca funcionalidades básicas, lo que les impide, por tanto, el acceso a servicios de financieros como los pagos, el crédito o el ahorro”[15].

Esta potencialidad para facilitar que se recorte la distancia entre quienes pueden acceder a los servicios financieros y quienes no, se aprecia con nitidez en Libra, la criptomoneda promovida por Facebook[16], entre cuyos fines se incluyen la innovación responsable de los servicios financieros y la inclusión financiera[17]. Dentro de las Fintech son, especialmente, las Bigtech, las que expresamente declaran, en ocasiones, que el fomento de la inclusión financiera es una de sus principales motivaciones “para irrumpir en el mercado de los servicios financieros”[18]. Como respuesta a estas iniciativas para crear “dinero privado digital”[19], los Estados están moviendo ficha por diversas motivaciones, lo que, a su vez, incidirá en la inclusión financiera, debiendo ser subrayada, por su extraordinaria importancia, la iniciativa del Banco Central Europeo lanzada en octubre de 2020[20].

En este capítulo, tras este apartado introductorio, se prestará atención, en el siguiente, al concepto de inclusión financiera y otros afines; en el tercero, se expondrá cómo las Fintech pueden favorecer el acceso a los servicios financieros, sin dejar de mencionar el riesgo de que la exclusión digital pueda conducir a la exclusión financiera. Una serie de conclusiones pondrán fin al estudio en el apartado cuarto.

(*) Frase tomada de la presentación “El impacto de la transformación digital sobre el modelo de negocio bancario”, Asociación Española de Banca, 5 de noviembre de 2018.

[1] Sobre la larga relación entre las finanzas y la tecnología, que se prolonga por, al menos, 150 años, véase Hernández de Cos, “Financial technology: the 150-year revolution”, discurso de Pablo Hernández de Cos, Presidente del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea y Gobernador del Banco de España, Euro Finance Week, 22ª ed., Frankfurt, 19 de noviembre de 2019, pág. 2.

Goetzmann sostiene que las finanzas son en sí mismas una compleja tecnología que ha posibilitado el desarrollo de la civilización (“Money changes everything. How finance made civilization possible”, Princeton University Press, New Jersey, 2017).

[2] “Aunque en esencia la actividad bancaria de intermediación financiera se mantiene desde el nacimiento de la banca moderna en el norte de Italia a finales del periodo medieval y principios del Renacimiento, el sector bancario se ha caracterizado por estar sometido a un continuo proceso de cambio” (Cuadros-Solas, P. J., “La nueva tecnología bancaria: aplicaciones, adopción e impacto en la banca”, Papeles de Economía Española, nº 162, dedicado a “La gestión de la información en banca: de las finanzas del comportamiento a la inteligencia artificial”, Funcas, 2019, pág. 126).

[3] La otra gran “megatendencia” de nuestra época, relacionada con el cambio climático pero no limitada al mismo, es la de la sostenibilidad y las finanzas sostenibles, lo que comprende la gestión por parte de las entidades de los aspectos no financieros más alejados del negocio, pero que, inevitablemente, tendrán que ser integrados en él. Así, los clientes están cada vez más interesados, como parte de su evaluación de conjunto previa a la toma de la decisión, en saber cómo las entidades identifican y gestionan sus propios impactos de naturaleza no financiera, especialmente en los ámbitos medioambiental y social. Aunque parezca sorprendente, determinados colectivos, sobre todo los formados por los más jóvenes, sopesan antes de contratar un producto financiero cuál es la contribución del proveedor del servicio a la mejora de la sociedad, a la preservación de la biodiversidad o a la conservación del ecosistema marino, por ejemplo (López Jiménez, J. Mª., “La educación financiera y los factores medioambiental y social”, EdufiBlog, 18 de septiembre de 2020).

[4] En el marco de la concesión de créditos, desde la perspectiva de la gestión del riesgo, véase al respecto Autoridad Bancaria Europea, “Directrices sobre concesión y seguimiento de préstamos” (EBA/GL/2020/06), 29 de mayo de 2020, pág. 17.

[5] Durante la pandemia de la Covid-19 se ha constatado el incremento de transacciones de pago digitales, que se mantendrá al alza, y la aceleración en la adopción de los canales digitales, aunque seguirá habiendo interés en el uso de sucursales bancarias y de aseguradoras (Capgemini, “COVID-19 and the financial services consumer: Supporting customers and driving engagement through the pandemic and beyond”, abril de 2020).

[6] Lautenschläger [“Digital na(t)ive? Fintechs and the future of banking”, declaración de Sabine Lautenschläger, miembro del Consejo Ejecutivo del Banco Central Europeo y Vicepresidenta del Consejo de Supervisión del Mecanismo Único de Supervisión, ECB Fintech Workshop, Fráncfort del Meno, 27 de marzo de 2017] ofrece tres posibles escenarios de futuro en cuanto a la relación entre los bancos y las entidades Fintech:

– El primero, en el que los bancos podrían subirse a la ola digital y aliarse con las Fintech.

– El segundo, en el que las empresas tecnológicas podrían romper la cadena de valor bancario.

– El tercero, en el que los bancos podrían ser expulsados del mercado, ante el empuje de actores de la talla de Google, Amazon o Facebook (las Bigtech).

[7] Por ejemplo, la filial norteamericana de BBVA ofrecerá, a partir de 2021, cuentas bancarias digitales a través de la herramienta Google Pay, con una referencia a ambas marcas. La cuenta se sustentará en la infraestructura tecnológica de BBVA, mientras que Google aportará la interfaz que se muestra al cliente (López Jiménez, J. Mª., “El nuevo ecosistema financiero del siglo XXI”, EnFintech, 9 de agosto de 2020).

[8] Enria, A., “A binary future? How digitalisation might change banking”, discurso de Andrea Enria, Presidente del Mecanismo Único de Supervisión del Banco Central Europeo, Seminario Bancario organizado por De Nederlandsche Bank, Ámsterdam, 11 de marzo de 2019.

[9] En este sentido, por ejemplo, Hakkarainen (“Technology exposes banks’ vulnerabilities”, discurso de Pentti Hakkarainen, miembro del Consejo de Supervisión del Banco Central Europeo, en el encuentro “The Global Dialogue on Digital Finance”, organizado por  “Institute of International Finance Digital Interchange”, Fráncfort del Meno, 16 de septiembre de 2020).

[10] Enria, discurso citado.

[11] Lautenschläger, vid. nota al pie nº 6.

[12] Delgado, M., “Discurso de apertura”, XXVI Encuentro del Sector Financiero “Construyendo la Banca del Futuro”, Deloitte, Sociedad de Tasación y ABC, Subgobernadora del Banco de España, 8 de mayo de 2019, pág. 11.

No obstante, algún autor (Maudós, J., “El acceso a los servicios bancarios en España. El impacto de la reducción del número de oficinas”, Mediterráneo Económico, nº 29, dedicado a “El futuro del sector bancario español tras la reestructuración”, Cajamar, 2017, pág. 286), opina que el hecho de que un porcentaje “de la población no tenga una oficina bancaria en su lugar de residencia no implica que esté financieramente excluida, dada la existencia de otras vías de acceso a los productos y servicios bancarios (banca telefónica y por internet)”, admitiendo que “el grado de penetración de internet y, por tanto, también de la banca online, es menor en aquellos segmentos de población de edad más avanzada”, así como la existencia en ocasiones de una brecha tecnológica. Esta explicación no parece muy convincente, puesto que si se toma en consideración la potencialidad de los servicios a distancia, con el añadido de los ofrecidos por las Fintech, resultaría que la inclusión financiera alcanzaría invariablemente el cien por cien. La mayor traba radica, como admite Maudós y mostraremos en el apartado 3, en que no todos los ciudadanos gozan de acceso a infraestructuras tecnológicas, pero, también, y es un argumento, al menos, igual de relevante, en que aquellos no siempre disponen de las necesarias competencias financieras y digitales.

[13] Hernández de Cos, P., “Transformaciones y retos del sistema bancario español”, apertura del curso “Las finanzas sostenibles y su importancia en el futuro de la economía”, de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, organizado por la Asociación de Periodistas de Información Económica, Gobernador del Banco de España, 17 de junio de 2019, pág. 7.

[14] Por ejemplo, en fechas recientes, una entidad ha instalado cajeros automáticos “en 19 municipios de la provincia de Almería que no disponen de oficinas bancarias, tras resultar adjudicatario de un concurso público convocado por la Diputación de Almería, dentro de su Plan contra la Exclusión Financiera” (Unicaja Banco, “Unicaja Banco, junto a la Diputación de Almería, instala cajeros en municipios de la provincia sin oficinas bancarias para evitar la exclusión financiera”, nota de prensa, 4 de agosto de 2020), en tanto que otra ha firmado un acuerdo con Correos “para ofrecer, a partir del primer trimestre de 2021, servicios de retirada e ingreso de efectivo en los 4.675 puntos de atención al ciudadano de Correos (2.393 oficinas y 2.282 puntos de atención rural) y llevar dinero a cualquier domicilio de España mediante los carteros” (Banco Santander, “Santander y Correos firman un acuerdo para ofrecer servicios financieros básicos en toda España”, nota de prensa, 24 de septiembre de 2020).

[15] Barruetabeña, E., “La influencia de las nuevas tecnologías en la inclusión financiera”, Artículos Analíticos, Boletín Económico 1/2020, Banco de España, pág. 1.

[16] En este trabajo emplearemos únicamente el concepto Fintech, que comprendería el de Bigtech, por la identidad sustancial de ambos, en general, desde el punto de vista de la oferta de servicios financieros, aunque, como es evidente, el potencial de las Bigtech y de las GAFAM (Google, Amazon Facebook, Apple y Microsoft), particularmente, por el alcance de sus operaciones y por la profundidad de sus mercados, puede ser especialmente prometedor respecto de la inclusión financiera de amplias capas de la población.

Mientras que las Fintech operan primordialmente en el sector de los servicios financieros, las Bigtech suelen ofrecer servicios financieros como parte de un conjunto mucho más amplio de actividades; los negocios “core” de las Bigtech son la tecnología de la información y la consultoría, y, aunque ofrecen sus servicios en todo el planeta, sus operaciones están principalmente localizadas en Asia, el Pacífico y Norteamérica, destacando China como el lugar donde se aprecia un vocación más clara por ofrecer servicios financieros (Banco de Pagos Internacionales, “Big tech in finance: opportunities and risks”, en “BIS Annual Economic Report 2019”, 2019, pág. 1).

[17] Asociación Libra, “Presentación de Libra”, informe, documento revisado de 23 de julio de 2019.

[18] Barruetabeña, op. cit., pág. 4.

[19] Para más detalle, véase López Jiménez, J. Mª., «De “Bitcoin” y “Libra” al dinero digital de banco central», en “Blockchain: impacto en los sistemas financiero, notarial, registral y judicial”, Sánchez Ruiz de Valdivia, I. (directora), Thomson Reuters Aranzadi, junio de 2020.

[20] Véase Banco Central Europeo, “Report on a digital euro”, octubre de 2020, documento que servirá de base de un proceso de consulta pública.

Según Panetta (“We must be prepared to issue a digital euro”, artículo de Fabio Panetta, miembro del Consejo Ejecutivo del Banco Central Europeo, Blog del BCE, 2 de octubre de 2020), el “euro digital” sería complementario del efectivo, sin llegar a desplazarlo, y ofrecería mayores posibilidades de elección y mejor acceso a los medios de pago, lo que facilitaría la inclusión financiera.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

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