“We shall go on to the end, we shall fight in France, we shall fight on the seas and oceans, we shall fight with growing confidence and growing strength in the air, we shall defend our Island, whatever the cost may be, we shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets, we shall fight in the hills; we shall never surrender […]”.

 Winston Churchill a la Cámara de los Comunes del Parlamento del Reino Unido, 4 de junio de 1940

La crisis financiera de 2008, atribuida casi en exclusiva, simplistamente y con poca originalidad —Tomás de Mercado ya se refirió a la “codicia grande” de los mercaderes—, a la industria financiera y a las grandes corporaciones, terminó siendo superada con relativa celeridad, aunque generando ciertas dudas, con efectos no solo económicos, sino también sociales y políticos.

Toda la regulación y la propia estructura de la supervisión financiera fueron objeto de revisión para procurar una mayor capitalización de las entidades con la que hacer frente a nuevas crisis, y para propiciar un mayor control de su gobernanza y de la gestión de los riesgos de toda laya.

Además, la visión estrecha centrada en la satisfacción del interés de los accionistas —de las entidades y de todo tipo de empresas, sobre todo en las de mayor envergadura— fue ampliada para dar cabida a la de otros grupos de interés, en un entorno de enorme sensibilidad hacia la Agenda 2030 de las Naciones, con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, con la vista puesta en las desigualdades y en el cambio climático a largo plazo —Mark Carney lleva advirtiendo desde hace años de los sesgos asociados a esta “tragedia del horizonte”—.

Con todo, en el periodo 2011-2019, el crecimiento económico global se ha movido entre el 3% y el 4,25%, aproximadamente, según datos del FMI. Han sido años en los que las entidades financieras y las empresas se han capitalizado para, sobre todo en el primer caso, hacer acopio de recursos con los que afrontar la siguiente crisis, que, necesariamente, habría de llegar.

En los últimos meses se ha conjeturado sobre cómo sería esta nueva crisis, esa que, como veremos a continuación, nos ha puesto, casi literalmente, al borde del abismo: no ha tenido nada que ver con las malas prácticas financieras ni con la avaricia de los banqueros, ni con el impago de la deuda pública, ni con la falta de respeto de Rusia por el orden internacional ni con la de China por los derechos humanos; no ha sido el Estado Islámico su desencadenante, ni un atentado terrorista, ni la subida del nivel del mar, ni una bomba atómica de Kim Jong-un o del régimen de los ayatolás…

Como ya identificó J.K. Galbraith en “Breve historia de la euforia financiera”, las etapas de especulación —o crecimiento más sostenido— nunca finalizan con una lamentación “y siempre con un choque violento”. Si a este fin abrupto se le suma la aparición de un verdadero cisne negro —ni siquiera la de un cisne verde, como semanas atrás pronosticó el Banco de Pagos Internacionales—, con impacto no solo en la economía sino, directamente, en la salud de las personas a lo largo de todo el planeta, el escenario puede convertirse en sombrío, en el mejor de los casos.

El coronavirus (COVID-19) (en adelante, coronavirus) ha puesto en jaque al planeta. Este virus ha surgido en China en diciembre de 2019, justo en el 500 aniversario del inicio de la primera vuelta al mundo de Magallanes (1519-1522), y, rápidamente, se ha extendido por todo el planeta.

En un mundo globalizado, era cuestión de tiempo que pudiera aparecer y propagarse una enfermedad de esta naturaleza (ya nos hemos habituado a la flora y la fauna de otras latitudes que ha echado raíces en nuestro entorno más cercano). Esta superación de las fronteras, y la necesidad de una acción concertada por parte de los Estados y de las demarcaciones territoriales que los conforman, genera un primer problema de gobernanza, pues con acciones aisladas y descoordinadas, yuxtapuestas en el mejor de los casos, no será posible derrotar a esta amenaza invisible.

Según la Organización Mundial de la Salud, “La mayoría de las personas que se infectan padecen una enfermedad leve y se recuperan, pero en otros casos puede ser más grave”. No deja sorprender que, para tratarse de una enfermedad leve, por lo general, hayamos podido leer que la Guardia Civil vigila con trajes anti-radiación a algunos afectados o, sobre todo, que un país avanzado como Italia haya puesto en cuarentena forzosa, primero, a 16 millones de personas en la zona norte del país, y, a continuación, a todo el territorio, aunque se nos anime, como ciudadanos, a saludarnos desde la distancia y a lavarnos las manos con jabón con cierta frecuencia y durante no menos de 20 segundos…

En palabras de la OCDE, el coronavirus ha traído sufrimiento para las personas y disrupción para las economías. Según esta institución, el  coronavirus va a propiciar una caída del PIB mundial en 2020 del 2,9% al 2,4%. En el peor de los escenarios, la bajada podría llegar hasta el 1,5%. Si, como parece que está ocurriendo, el virus se extiende, el crecimiento puede ser todavía más débil. Esta crisis ha revelado la importancia de China en la economía global, tanto como proveedor como consumidor de bienes y servicios. La OCDE identifica las siguientes medidas para estabilizar la situación (una vez que, añadimos, los primeros golpes, tanto el psicológico como el sanitario, hayan sido encajados): (i) apoyo fiscal adicional para el sector de la salud, lo que comprende la prevención, la contención y la mitigación; (ii) apoyo a los grupos sociales más vulnerables; (iii) provisión de liquidez al sistema bancario, para que este apoye a las PYMES y que las empresas solventes no vayan a la quiebra por problemas de liquidez; (iv) otras medidas singulares, como la adaptación temporal del marco de las ayudas de Estado en la Unión Europea.

McKinsey & Company (“Coronavirus COVID-19: Facts and Insights”, March 9, 2020) señala que el coronavirus continúa su rápida expansión por el globo. El consenso de los epidemiólogos sugiere que el virus es altamente transmisible y que afecta desproporcionadamente a los mayores. El paciente medio infecta a entre 1,6 y 2,4 personas, en tanto que la mortalidad entre los pacientes que alcanzan los 70 años y tienen enfermedades previas es entre tres y cuatro veces mayor que la mortalidad media. La mortalidad entre pacientes por debajo de 40 años es del 0,2%. El coronavirus es especialmente transmisible en espacios cerrados. Hay tres factores cruciales, que todavía no están del todo claros, en la evolución del coronavirus: (i) la existencia de casos no detectados y más suaves, incluso asintomáticos; (ii) la estacionalidad del virus, aunque este punto no se conoce aún a ciencia cierta; (iii) la transmisión asintomática, acerca de la cual hay posiciones encontradas en cuanto a si los portadores asintomáticos pueden transmitir el virus y cuál es el periodo de incubación.

En base a estas consideraciones, McKinsey & Company concluye que caben tres escenarios epidemiológicos y económicos posibles: (i) rápida recuperación (caída del PIB mundial del 2,5 al 2%); (ii) desaceleración global (caída del PIB global al entorno del 1-1,5%); (iii) pandemia global (caída del PIB mundial a entre el -1,5% y el 0,5%).

Recapitulando, nos encontramos ante una crisis sanitaria sin precedentes, con un claro impacto negativo en la economía. El presidente del Mecanismo Único de Supervisión del BCE admitió el 2 de marzo que el coronavirus genera riesgos para las perspectivas económicas y el funcionamiento de los mercados financieros. En momentos de incertidumbre como este es cuando se comprobará el grado de resistencia del sistema, tras su reciente puesta a punto, y su capacidad para seguir canalizando recursos y liquidez a la economía.

Los tipos de interés cercanos a cero o negativos pueden favorecer el endeudamiento público, pero, lamentablemente, países como Italia o España tienen escaso margen para continuar incrementando su deuda. Si el trabajo acometido por el sector privado también se hubiera llevado a cabo por el sector público, el espacio para la maniobra en este entorno de zozobra sería mucho mayor, sin tener que recurrir a la buena voluntad de otras instituciones, o de terceros como los acreedores. Como afirma Federico Steinberg (“El impacto económico mundial del coronavirus…”, Expansión, 9 de marzo de 2020), “lo último que necesitamos es que no se utilicen recursos públicos para comprar instrumental médico o contratar personal sanitario por el temor a una reprimenda por parte de Bruselas”. Sería ingenuo pensar que Bruselas va a ser tan inflexible…

En momentos como este nos percatamos de la superficialidad de numerosos aspectos del día a día, de la complejidad y de la fragilidad de nuestras sociedades, y de que, por definición, somos sociales por naturaleza (qué difícil se hace no dar la mano o un abrazo a un amigo o a un ser querido, incluso a un conocido), y de que dependemos absolutamente los unos de los otros.

En momentos como este tomamos conciencia de la importancia del sector sanitario, uno de los pilares esenciales e irrenunciables del Estado del Bienestar, y del valor, en todos los sentidos, de unos profesionales que lo dan todo en su desempeño a cambio de muy poco, poniendo en juego sus propias vidas y las de sus familias: son la primera línea de fuego de esta batalla que se está librando, y si esta línea cae vendrá el caos. Nos demoramos en las grandes ideas, en pretendidos descubrimientos sociales y políticos que, en realidad, nos acompañan desde hace milenios, en tanto que olvidamos la necesidad de fomentar la actividad investigadora y de invertir en ciencia, una ciencia a la que ahora, con el enemigo no a las puertas, como Aníbal en Roma, sino dentro de nuestro espacio más íntimo, en nuestro propio interior, como Ulises en Troya, lo que nos atenaza y nos hace sentir el miedo, le exigimos respuestas inmediatas.

En momentos como este caemos en la cuenta del valor de la vida humana, y del respeto, casi reverencial, que merecen nuestros mayores, a quienes, por mucho que ya hayan vivido una vida, no los podemos dejar atrás.

En momentos como este nos damos cuenta de que en época de estabilidad y bonanza hay que prepararse para afrontar la siguiente crisis, y llenar el zurrón de los recursos que necesitaremos cuando, por una razón u otra, las cosas se tuerzan: con Vegecio, si quieres la paz prepárate para la guerra.

En estos momentos es cuando hacen falta líderes que dicten pautas a ciudadanos responsables.

Esta crisis pasará, el coronavirus será derrotado, pero sus marcas en nuestro interior serán duraderas.

(Imagen de la entrada de la autoría de starline – www.freepik.es)

Categorías: Sociedad y cultura

José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

1 comentario

MARIA CARMEN LOPEZ JIMENEZ · 11 marzo, 2020 a las 3:41 pm

Me ha parecido un interesantísimo artículo que conexiona los efectos económicos de esta crisis del coronavirus con el impacto social ocasionado y con las enseñanzas que nos debe dejar para el futuro, haciendo especial mención de nuestro sistema sanitario y de la gran labor de los profesionales del sector

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