(Publicado en iAhorro el 2 de octubre de 2018)

“If we do not learn from history, we are unlikely to fully recover from it” (“Final Report of the National Commission on the Causes of the Financial and Economic Crisis in the United States”, 2011)

Es célebre el desencuentro entre Karl Popper y Ludwig Wittgenstein acaecido en una fecha tan lejana como el 25 de octubre de 1946 en el Club de Ciencia Moral de la Universidad de Cambridge, presidido por el segundo, en un debate sobre filosofía ante la mirada atónita de una treintena de espectadores.

En un momento de la acalorada discusión, Wittgenstein cogió el atizador de la chimenea y, al parecer, amenazó a Popper. Mario Vargas Llosa cita en “La llamada de la tribu” (Alfaguara, 2018), en relación con este episodio, el libro “Wittgenstein´s poker” (“El atizador de Wittgenstein”), de David Edmonds y John Eidinow. Estos periodistas culturales de la BBC, tras un concienzudo estudio, llegaron a la conclusión de que nunca se sabrá con certeza qué ocurrió durante aquellos diez minutos en el King´s College; es más, no es que los testimonios de los supervivientes entrevistados no coincidieran, es que a veces eran contradictorios. Todo esto lleva a Vargas Llosa (pág. 158) a destacar un problema más general: “que el componente ficticio —imaginario o literario— en la historia es tan inevitable como necesario”.

Lehman Brothers se ha convertido en “el símbolo de una crisis que afectó a todos” (Adam Tooze, «Conmemoremos el “día de Lehman”», El País, 9 de septiembre de 2018). Si es arduo saber qué realidad se esconde tras una discusión entre dos pensadores ante 30 personas, es imposible pretender conocer cuál es la verdad histórica de un fenómeno eminentemente financiero y global como el hundimiento de Lehman, cuyos efectos se han mitificado en buena medida (Hyun Song Shin, “Reflections on the Lehman collapse, 10 years later”, BIS, 15 September 2018). Con buen criterio, José Mª Roldán (“Tropezar dos veces en la misma piedra”, Expansión, 21 de septiembre de 2018), ha indicado que “incluso entre los que vivimos la crisis en primera línea parece no existir una visión clara de lo que nos ha llevado a esta situación”.

Nos encontramos con Lehman, en efecto, ante un símbolo, y atribuir significado directo a un símbolo sin tratar de desentrañar lo que de veras late tras él puede llevar a que se alcancen conclusiones y enseñanzas equivocadas, que aceleren la siguiente crisis o que, para su resolución, simplemente no valgan. Además, los grandes pánicos, como ha señalado Robert J. Shiller, aunque recurrentes, son difíciles de ser anticipados, pues se relacionan con la psicología, que, como se sabe, no es una ciencia exacta (“Roundtable: The West´s Decade of Despair”, Project Syndicate, 28 September 2018).

Con frecuencia escuchamos o leemos que el origen de la crisis se puede encontrar en las hipotecas basura, en la quiebra de Lehman Brothers y en la codicia de los banqueros, con preterición de las propias culpas y responsabilidades, individuales y colectivas. Con la parte de verdad que puede haber en aquellos tópicos, la realidad es mucho más compleja y se reflexiona poco, por ejemplo, sobre una globalización de la que todos nos beneficiamos (incluidos, con frecuencia, los detractores de la globalización), que posibilitó que un mundo interconectado no dispusiera de compartimentos estancos aptos para detener el tsunami que se nos venía encima, que arrasó particularmente a los países occidentales.

Este primer impulso de la crisis sirvió para poner de relieve las carencias de cada país. En el caso de España, los problemas de liquidez en los mercados iniciados en 2007, a los que se dio una importancia menor por nuestros representantes políticos, reventaron con virulencia, en 2008, la burbuja inmobiliaria que se formó con la participación, directa o indirecta, activa o pasiva, voluntaria o involuntaria, de una parte sustancial de las instituciones, de las autoridades y de la población.

Después vendrían los masivos impagos hipotecarios, la desaparición del modelo de las cajas de ahorros, los ataques especulativos contra la deuda pública española e italiana, la “reforma exprés” de nuestra Constitución, la amenaza de desintegración del euro, la creación de la Unión Bancaria, el auge de los populismos, el “Brexit”, el riesgo geopolítico…

Volviendo a Lehman, la cuestión principal que debieron resolver las autoridades reguladoras y supervisoras de los Estados Unidos fue si rescataban a esta entidad o la dejaban caer. Optaron por no intervenir y por someter a este banco a las reglas ordinarias de la quiebra, a diferencia de lo actuado, en ambas orillas del Atlántico, con la práctica totalidad de las instituciones financieras con problemas. La parte más sustancial de los rescates se acometió con dinero público, de los contribuyentes, y se hizo buena la máxima de que los grandes bancos son globales en vida pero nacionales en su rescate, liquidación y “muerte”.

No es de extrañar, por tanto, en un terreno propicio para la confusión entre las causas y los efectos, que la deuda de los gobiernos, las corporaciones no financieras y las familias haya crecido conjuntamente entre 2007 y 2017 en 72 billones de dólares [McKinsey Global Institute, “A decade after the global financial crisis: what has (and hasn´t) changed?”, September 2018, pág. 2].

No obstante, desde el punto de vista de la deuda pública, al coste de los rescates bancarios habría que añadir para justificar este  extraordinario incremento, que nos deja prácticamente inermes ante la siguiente crisis, la menor recaudación fiscal, los mayores desembolsos para cubrir prestaciones de desempleo, el inexorable proceso de envejecimiento de la población occidental y el aumento de las cantidades destinadas a las pensiones y sanidad…

El sistema financiero mundial, bajo los auspicios del G-20, se ha transformado en esta década. Los bancos se han recapitalizado, aunque, en general, no han recuperado el nivel de rentabilidad necesario en un escenario de tipos de interés cercanos a cero o negativos, de transformación digital y de aparición de nuevos competidores mucho más livianos y con mejor reputación entre los potenciales clientes. Se han reforzado la regulación y la supervisión, aunque viene al caso recordar que la transformación digital como aceleradora de la innovación financiera ofrece efectos positivos al mismo tiempo que potencialmente negativos, pues, como nos recordó Timothy F. Geithner (“Stress Test. Reflections on financial crises”, Random House Business Books, 2014, pág. 512), la regulación financiera siempre irá por detrás de la innovación financiera (“Financial regulation will never keep up with financial innovation, but regulators should regard it as a constant challenge, and keep at it”).

La Presidenta del Mecanismo Único de Supervisión del Banco Central Europeo refirió en fecha reciente que los bancos europeos deben aprovechar la época de estabilidad o bonanza para llegar a la siguiente crisis (porque antes o después indefectiblemente habrá otra) liberados de la carga de la crisis anterior (“Interview with Danièle Nouy, Chair of the Supervisory Board of the ECB, conducted by Inguna Ukenabele”, 5 September 2018).

¿Dónde se encuentran los riesgos que pueden desatar la siguiente crisis? Las opiniones son variadas: en el exceso de deuda pública y privada, en el mercado inmobiliario, en la banca en la sombra…

¿Qué pueden hacer los particulares para tratar de llegar bien posicionados a este momento? Reducir su deuda y disponer de dinero suficiente para pagar la hipoteca y no tener que vender las acciones y bonos cuando estén a su precio más bajo, es la fórmula propuesta por Teresa Ghilarducci (“Roundtable: The West´s Decade of Despair”, Project Syndicate, 28 September 2018), que, en general, nos parece acertada, y deja entrever los mecanismos psicológicos apuntados por Shiller.

Entretanto, sin necesidad de saber qué ocurrió exactamente hace diez años en aquellos estremecedores días de septiembre, celebremos que, a veces, la vida da una segunda oportunidad, y que las profecías no siempre terminan cumpliéndose.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

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