(Por José M. Domínguez Martínez, publicado el 8 de diciembre de 2018 en el Blog  “Tiempo Vivo”)

Ha sido una de las escenas que más me ha sorprendido de las películas que he visto a lo largo de mi vida, no por la trama, ni por el contenido de las imágenes, sino por el de uno de los diálogos, completamente accesorio. Aquellas palabras impactantes fueron también, en el plano personal, una especie de señal del curso de los acontecimientos que me aguardaban pocos años después. Algo así como un signo anticipatorio de una experiencia que marcaría mi vida.

Corrían los años centrales de la década de los ochenta, y aquella película, precedida de una eficaz propaganda, ofrecía una oportunidad para pasar un buen rato de entretenimiento, con garantías de no salir traumatizado de la sala de cine, como era bastante frecuente, pocos años antes, tras sufrir estoicamente algunas grises producciones bastante perturbadoras. Aunque se trata éste de un terreno resbaladizo, parece que es evidente que no hay una correlación estricta entre el sufrimiento causado al espectador y la calidad artística. “La Joya del Nilo” no puntúa demasiado alto en este último apartado -conclusión que se acentúa con visionados más recientes- pero al menos no nos hace ascender en la escala que mide el primero.

En fin, aquella película no es precisamente una joya, pero nos tenía reservada un regalo en forma de sorpresa, con tintes que en cierta medida podrían ser calificados como extravagantes o incluso casi surrealistas. En uno de los diálogos entre los protagonistas, no caracterizados ciertamente por su profundidad filosófica, ella le recrimina a él que, en una ocasión, cuando estaban en la Costa del Sol, se había presentado en una cena de gala acompañado de todo el equipo del Caja de Ronda.

Cuando oí semejante referencia en el transcurso de una película de tanto éxito internacional, no podía dar crédito, al tiempo que se desataba una sensación de orgullo, aunque simplemente fuera por afinidad o por cercanía. Pese a esta singularidad tan llamativa, a lo largo de estos treinta años nadie me ha comentado ese, cuando menos, atípico reclamo. Desde entonces ha sido para mí un misterio inescrutable.

Ha de advertirse que la película visionada correspondía a la versión doblada al español. Aprovechando que hace escasas fechas volvía a parecer en la parrilla de los canales televisivos, una incursión selectiva me ha permitido comprobar que nadie ha tocado aquella frase con connotaciones ya casi míticas.

Diez años después de su fundación, en la segunda mitad de los años ochenta el club de baloncesto Caja de Ronda, ese sí auténticamente mítico, alcanzó cotas de esplendor, y abrió la senda que llevaría a su sucesor deportivo a grandes momentos de gloria, aunque en el camino se exigiera vivir conatos o episodios de zozobra y sufrimiento, que, a la postre, merecieron la pena.

Recientemente, alguien a quien referí el episodio, con gran apego histórico al baloncesto malacitano y de aficiones cinéfilas, me comentaba, tras haber hecho la preceptiva comprobación en la cinta en versión original, que en ella la alusión no es al club Caja de Ronda sino al equipo de la selección española de baloncesto, si bien se confirma la alusión a la Costa del Sol. Una ampliación de la investigación, efectuada por la misma persona, permite encontrar evidencias de explicaciones pasadas a la intrigante referencia baloncestística. Algunas son verdaderamente curiosas. Entre ellas destaca la de quien atribuye la mención al Caja de Ronda al hecho de que un jugador del conjunto local había entablado una relación con la guionista, que, tal vez por antonomasia, llegó a confundir, si damos credibilidad a esa explicación, Ronda con España. Otro testimonio, también poco trabajado, se decantaba, en cambio, simplemente por aseverar que la mención al equipo de nombre rondeño figuraba tal cual en la cinta original.

Descartadas esas explicaciones falaces, las pistas para resolver el enigma apuntan, pues, al artífice del doblaje al español o a algún otro responsable de la adaptación a las pantallas de habla hispana. Quien fuera y por los motivos que fueran, propició una traducción bastante libre; dede luego es así, pero no por eso, más de treinta años después, dejo de agradecerle el detalle de la joya que inesperadamente nos proporcionó unos instantes de orgullo autóctono, antes de experimentar la agudeza de las aristas de las competiciones fuera de las pantallas. Dentro de éstas, el misterio sigue vivo.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

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