Las guerras, sean injustas o justas, se pueden librar de muchos modos, algunos de ellos alejados de la pura violencia o la coerción física. La resistencia también se puede ejercer de varias formas, unas pacíficas y pasivas, a lo Gandhi o a lo Jesucristo, otras más violentas y activas. Cabe igualmente una resistencia mixta, como la del banquero al que nos vamos a referir en esta entrada del blog.

En línea con el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, censuramos la amenaza y el uso de la fuerza como medios para resolver controversias no solo en las relaciones internacionales entre Estados, sino también en el marco de cualquier relación humana.

Sin embargo, en los días más oscuros, el ejercicio de la resistencia en cualquiera de sus modalidades no solo se convierte en un derecho sino en un deber ciudadano.

Es inevitable recordar las palabras pronunciadas por Winston Churchill el 4 de junio de 1940, cuando el mundo, como lo conocemos, afrontaba uno de sus momentos más lúgubres: “Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos en los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos en los aeródromos; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos”.

En “El banquero de la resistencia” (Joram Lürsen, 2018), película que representará a Holanda en los Óscar de 2019, se nos ofrece la dramática situación de unos Países Bajos ocupados y subyugados por la Alemania nazi y sus colaboradores y el papel desempeñado por uno de sus banqueros, Walraven van Hall (1906-1945: sí, la fecha de su muerte anticipa un final trágico…).

En la película, como siempre en estos casos, se aprecia como unos ciudadanos colaboraron con los ocupantes, otros resistieron pasivamente y otros, activamente, se la jugaron como partisanos, desde la guerrilla. Mención aparte merece el gobierno en el exilio, que sin el agobio de los que quedaron atrapados en el territorio, dirigieron la acción y, más adelante, fiscalizaron lo acontecido.

Acaso podamos encuadrar a Van Hall en la categoría de los partisanos, pero con la singularidad de que con su actuación “desde fuera del barro” se pudo financiar a quienes activamente ejercieron la resistencia contra los alemanes y sus acólitos.

Van Hall era un banquero holandés, con experiencia en Wall Street tras haber pasado algunos años en los Estados Unidos durante el crac bursátil de 1929 y el inicio de la Gran Depresión.

Comenzada la Segunda Guerra Mundial, ocupada Holanda, Walraven gestionó junto con Iman Jacob van den Bosch y su hermano Gijs —que llegaría a ser alcalde de Ámsterdam— el Fondo de Apoyo Nacional (“Nationaal Steunfonds”), también conocido como el “Banco de la Resistencia”, con el visto bueno del gobierno en el exilio radicado en Londres.

En la película se muestra como elemento detonante para la creación de este Banco, aunque quizá no se trate más que de una licencia cinematográfica, el comienzo de la persecución contra los judíos holandeses, mediante la expropiación de sus posesiones y su envío masivo a campos de concentración usando la red ferroviaria.

¿Cómo se pudo dotar este Banco y dirigir el efectivo a los destinatarios con unos alemanes instalados directa o indirectamente en las instituciones y ejerciendo un más que férreo control sobre los ciudadanos? Sobre todo, con ingenio y recurriendo al fraude. De este modo, se canalizaron fondos provenientes de banqueros afines, se emitieron títulos de deuda aparentemente sin valor, se recibieron donaciones de particulares, se falsificaron bonos soberanos del Estado holandés para su cobro en efectivo…

A pesar de la ilegalidad manifiesta de una buena parte de las acciones emprendidas, como buenos banqueros, los hermanos Van Hall llevaron una ordenada y limpia contabilidad que permitió justificar más adelante la obtención y el destino dado a cada florín (el equivalente, en total, a unos 500 millones de euros de la actualidad, según la película).

Un momento crítico que absorbe buena parte del metraje de la película fue la crisis ferroviaria, en 1944, cuando este Banco en la sombra hubo de mantener a 30.000 empleados en huelga del ferrocarril, que como es evidente no cobraban sus salarios, para subsistir y ejercer presión sobre los ocupantes nazis. El Banco jugó sus bazas y logró su objetivo mediante el cobro de bonos estatales falsificados, como hemos señalado antes.

Tras ser delatado, Walraven van Hall fue detenido, torturado y ejecutado el 12 de febrero de 1945 en Haarlem-Noord.

Dado el carácter ilícito de parte de sus acciones, a pesar de estar sobradamente justificadas, en la película se expone que las autoridades holandesas decidieron silenciar su figura, aunque, en fecha más reciente, ha sido rescatado del olvido y ha recibido diversos reconocimientos públicos.

En 2010 se inauguró el “Walraven van Hall Memorial”, en Ámsterdam, cerca del Banco Central Holandés, obra del autor español Fernando Sánchez Castillo.

No sabemos si esta película ganará o no el Óscar —realmente no nos importa—, pero sí tenemos claro que los héroes deben ser recordados y honrados, y entre ellos debemos incluir a un Banquero, con mayúscula, como Walraven van Hall.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

1 comentario

SUZIE MUÑOZ · 15 septiembre, 2018 a las 7:32 pm

QUE BUENA PELÍCULA 🎥 BASADA EN HECHOS REALES
INTELIGENCIA,VALENTÍA Y PATRIOTISMO.me encanto.

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