“¿Te preguntas, pues, admirado, por qué escribo?” (“Cur igitur scribam, miraris?”), Ovidio

“(Estudio) en este momento para distraerme; nunca por la ganancia”, Montaigne

“Es una familia [la de los Kômura] que jamás ha reparado en gastos a la hora de apoyar el Arte y las Letras. Suele suceder que las familias de este tipo descuiden los negocios y se arruinen, pero con los Kômura, afortunadamente, no ha sido así. Para ellos, las aficiones son las aficiones, y los negocios, los negocios” (“Kafka en la orilla”, Haruki Murakami).

A Nuccio Ordine ya le hemos dedicado algún espacio en este blog a propósito de “Clásicos para la vida”. Una nueva obra del profesor italiano ha caído en nuestras manos: el manifiesto “La utilidad de lo inútil” (Acantilado).

A quien esté acostumbrado a dedicar una parte sustancial de su tiempo libre a la lectura, a asistir a conciertos de música clásica o a la visita de museos, por ejemplo, sin esperar ningún rédito material a cambio, este manifiesto le parecerá, a simple vista, sumamente atractivo.

Las expectativas suscitadas, sin duda, se confirmarán tras pasar por sus páginas, y se compartirán casi todos los argumentos de Ordine y, por supuesto, los de los clásicos cuyas reflexiones jalonan y aquilatan la obra, aunque en nuestro caso no hemos podido evitar que nos quede un cierto sabor amargo.

Lo que nos enriquece como personas, lo que nos separa de la bestialidad y nos aproxima a lo divino que también anida en la condición humana, es con toda seguridad ese conocimiento aparentemente inútil (pero que tan útil y práctico se ha mostrado posteriormente en muchos casos), esa búsqueda, esa carrera que nunca termina, y que a cada paso que damos nos impele a dar uno más y uno más y uno más… Ordine lo expresa con unas bellas y evocadoras imágenes: “Como le sucede al gladiador que, pese a sus heridas, vuelve a combatir o al marinero que, aun habiéndose salvado de un naufragio, no puede evitar hacerse de nuevo al mar” (pág. 52).

Sólo los dogmáticos, quienes afirman estar en posesión de la verdad, se convencen —en vano— de haber llegado a la meta, envileciéndose a sí mismos y a los demás, puesto que les impedirán seguir avanzando.

El mítico Don Quijote podría ser considerado el héroe por excelencia de la inutilidad, pues todas sus empresas están inspiradas por la gratuidad, por la única necesidad de servir con entusiasmo a sus ideales, aunque se trate de empresas destinadas al fracaso (págs. 67-69): “Existen derrotas gloriosas de las que, con el tiempo, pueden surgir grandes cosas” (nos viene a la mente la aniquilación de Leónidas y sus 300 espartanos en Las Termópilas). Ordine cita oportunamente a Giordano Bruno (pág. 127): “no sólo merece honores el único individuo que ha ganado la carrera, sino también todos aquellos que han corrido tan excelentemente como para ser juzgados igualmente dignos y capaces de haberla ganado, aunque no hayan sido los vencedores”; también a Montaigne: “Lo importante no es quién llegará a la meta, sino quién efectuará las más bellas carreras”.

Según Zhuang-Zi, ser de buena madera es la desgracia de muchos hombres espirituales (pág. 72), lo que conduce a su perdición, a no alcanzar por un cúmulo de circunstancias el laurel.

Sin embargo, despreciar los aspectos más materiales de nuestra condición, aquellos cuya satisfacción es presupuesto ineludible para comenzar esta búsqueda sin fin a la que nos hemos referido, nos parece que supone analizar fragmentariamente la utilidad de lo inútil. Y esta materialidad también comprende la acumulación de riqueza, lato sensu, previa a cualquier desarrollo humano que tienda hacia lo sublime, hacia la conversión en actos de toda nuestra potencialidad, tanto como seres individuales como sociales. No habrían existido, por ejemplo y simplificando mucho, un Partenón sin un Pericles, o una Florencia y un Renacimiento sin unos Medici. Lo material y útil y lo inmaterial e inútil no pueden contemplarse de forma aislada, son dos caras de una moneda, una misma e inescindible realidad.

Quizás se invierta el sentido y la dirección de las relaciones de causalidad, o estas no se ponderen adecuadamente, cuando el profesor muestra que “la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo” (pág. 30), además de que no son extrañas las épocas de vigor cultural, como bien sabemos los españoles, que enraízan en un contexto de decadencia política, social y económica. Estar en posesión de este caudal de conocimiento tampoco nos vacuna contra la barbarie —recordemos lo ocurrido en la industrializada y culta Alemania del primer tercio del siglo XX—.

Ordine considera que es “útil” todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores. Estima que un museo o un yacimiento arqueológico no deben subordinarse al éxito económico, aunque también puedan ser fuente de extraordinarios ingresos: “En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte” (pág. 12).

Pero no nos engañemos: la cultura, en sentido amplio, con independencia del apoyo puntual de mecenas privados, no ha gozado de forma permanente y en la medida en que lo merece del favor público desde el punto de vista de su sostenimiento y acrecentamiento. Por ello, no podemos compartir que el deterioro de la cultura se deba, como afirma Ordine, al mercantilismo, al capitalismo y, más recientemente, a la crisis financiera: “Transformando a los hombres en mercancías y dinero, este perverso mecanismo económico ha dado vida a un monstruo, sin patria y sin piedad, que acabará negando también a las futuras generaciones toda forma de esperanza” (pág. 11).

Escribe Ordine que “El saber constituye por sí mismo un obstáculo contra el delirio de omnipotencia del dinero y el utilitarismo” (pág. 15), que todo puede comprase, que todo tiene un precio, pero no el conocimiento. Compartimos esta reflexión, pero de ella no debe desprenderse el desprecio de la base material, sin la cual ni habríamos salido de las cuevas ni desarrollado el conocimiento sutil, abstracto, simbólico y valioso que nos diferencia del resto de los seres de la creación; dicha base material se ha brindado en el presente por sistemas democráticos equilibrados, con un poder fuerte inclusivo que redistribuye la riqueza, basados en la libertad individual y en el libre mercado.

Ordine generaliza e incurre en una exageración cuando afirma que “Es doloroso ver a los seres humanos, ignorantes de la cada vez mayor desertificación que ahoga el espíritu, entregados exclusivamente a acumular dinero y poder” (pág. 16). Pero nunca tantos tuvieron acceso a tanto: quizás sea otra la razón de que de esta abundancia la mayoría de las personas individuales, que son soberanas (otro fruto de lo inútil que merece ser preservado), no extraigan los rendimientos apetecidos por terceros (no podemos obligar a nadie a amar lo inútil y su alto valor).

El amor por lo inútil no se compra, se enseña. Y puede que aquí Ordine sí esté en lo cierto cuando critica el sistema educativo imperante. Para ello, parte de alguna reflexión del mismo Sócrates contenida en “La República” de Platón: “Tampoco esa multitud ha prestado suficientemente oídos […] a discusiones bellas y señoriales en las cuales se busque suficientemente la verdad por todos los medios con el fin de conocerla”, y, respecto a la educación de los niños, que la instrucción no debe ser compulsiva, porque “el hombre libre no debe aprender ninguna disciplina a la manera del esclavo” (pág. 49).

El proceso de enseñanza y aprendizaje es un proceso en el que todos dan y nadie pierde: ganan el profesor y el alumno, gana la colectividad en su conjunto. “El encuentro auténtico entre maestro y alumno no puede prescindir de la pasión y el amor por el conocimiento” (pág. 99).

Sin embargo, vuelve a recurrir al automatismo al analizar la decadencia de la enseñanza, atribuyendo el fracaso actual al “proceso de retirada económica (del Estado) del mundo de la enseñanza y la investigación básica” (pág. 77). Quizás podría ser más útil en países como España o Italia, creemos, reordenar el gasto público o procurar una mayor eficiencia del mismo que señalar una pretendida austeridad que, si analizamos los presupuestos estatales de estos y de otros Estados similares, nunca ha tenido lugar, ni siquiera en estos duros años posteriores a la crisis financiera. E incentivar los proyectos y los patrocinios privados.

Sí compartimos que la Universidad no puede ser una máquina de generar graduados, en la que prevalezca la “quantitas” sobre la “qualitas” (pág. 78), y que “ningún oficio puede ejercerse de manera consciente si las competencias técnicas que exige no se subordinan a una formación cultural más amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y dar libre curso a su curiositas” (pág. 81). El rol y la responsabilidad de los profesores, a pesar de sus escasos recursos materiales y de la poca atención pública que concitan, no debe obviarse.

Sentimos verdadera emoción, compartida con Ordine, cuando leemos las famosas palabras de Montesquieu (pág. 82), que deberían servir como reclamo para reivindicar el papel de la cultura, del conocimiento y de Europa y sus valores en el siglo XXI:

“Si supiera alguna cosa que me fuese útil y que resultara perjudicial para mi familia, la expulsaría de mi mente. Si conociera alguna cosa útil para mi familia, pero que no lo fuese para mi patria, trataría de olvidarla. Si conociera alguna cosa útil para mi patria, pero perjudicial para Europa, o útil para Europa y dañina para el género humano, la consideraría un crimen”.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

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