(Este “paper” quedará incluido en el Libro de Actas del Congreso Internacional de Educación Financiera de Edufinet, “Realidades y Retos”, celebrado en Málaga los días 22 y 23 de noviembre de 2018, editado por Thomson Reuters Aranzadi)

Resumen: Este trabajo parte de la constatación de la aparente complejidad de los conceptos económicos y financieros, razón por la cual las actividades formativas más extendidas, como son las conferencias o las charlas, presuponen el esfuerzo de convertir la jerga del sector en lenguaje claro y llano. Adicionalmente, la eficacia de esta labor de “intermediación” de los programas de educación financiera y de los voluntarios que toman parte en las acciones específicas y el público en general se puede incrementar recurriendo a otro tipo de iniciativas más innovadoras e imaginativas.

Palabras clave: Educación financiera; Economía; Finanzas; metodología; eficacia.

Códigos JEL: A20; D18.

  1. Introducción

Tras la crisis financiera comenzada entre 2007 y 2008 han proliferado los programas de educación financiera promovidos por todo tipo de instituciones, públicas y privadas[1], financieras y no financieras. A pesar de ello, solo uno de cada tres adultos, a escala mundial, muestra comprensión de los conceptos financieros básicos (Kapler et. al., 2015). En el caso de nuestro país, los resultados de la “Encuesta de Competencias Financieras” (Banco de España-Comisión Nacional del Mercado de Valores, 2018) no llevan a conclusiones mucho más halagüeñas.

Ha transcurrido el tiempo suficiente —más de una década— como para que podamos considerar que la eficacia de los programas de educación financiera no es la esperada, lo que puede obedecer a múltiples razones[2]. El Comité Económico y Social Europeo ya constató, en 2011, el limitado impacto de los actuales programas de educación financiera y la insuficiente cultura financiera de la población en general (Comité Económico y Social Europeo, 2011). No obstante, existe consenso acerca del carácter de habilidad crítica para la vida en el siglo XXI de la educación financiera (Domínguez, 2018a, pág. 32).

Sin la adquisición del conocimiento y las competencias financieras básicas, el establecimiento de una relación entre los proveedores de servicios financieros y los usuarios basada en la confianza y en la sana actitud crítica de estos últimos, que complemente la protección conferida legislativamente, por las Administraciones Públicas, por los tribunales, por los reguladores y por los supervisores, será mucho más arduo. Un sistema financiero más sólido, seguro y transparente “requiere el concurso de un consumidor  informado, responsable y comprometido en el desarrollo de sus capacidades financieras” (Comité Económico y Social Europeo, 2017, pág. 3). Por supuesto, y casi huelga decirlo, también de entidades financieras respetuosas con los derechos y los intereses de sus clientes. Se ha de trazar un triángulo virtuoso, en consecuencia, entre la educación financiera, la regulación de los mercados y la protección del consumidor (Comité Económico y Social Europeo, 2011).

La realidad económica y financiera que ha de ser trasladada a los programas de educación financiera, y el propio lenguaje técnico que le sirve de sustento, es compleja y, últimamente, extraordinariamente novedosa y cambiante[3], lo que puede explicar parcialmente estas dificultades. Si lo básico es entendido con apuro (inflación, diversificación del riesgo, tipo de interés compuesto…) se puede imaginar la dificultad para los ciudadanos de aprehender y utilizar en la vida diaria otros conceptos mucho más complejos y abstractos. Esta complejidad de la oferta de productos financieros coloca a veces al usuario en una posición de vulnerabilidad (Domínguez, 2011b, pág. 104).

La situación es especialmente delicada en relación con los más jóvenes, pues las ideas preconcebidas de los adolescentes sobre su propia inteligencia inciden en cómo reaccionan ante los retos académicos; si el estudiante cree que no es lo bastante inteligente tenderá a pensar que hay poco que pueda hacer para mejorar (Banco Mundial, 2018). La complejidad de la materia que es objeto de enseñanza, por tanto, puede condicionar la predisposición del estudiante para afrontar el proceso de aprendizaje, lo que es más perceptible aún respecto a lo económico y lo financiero.

En el ámbito de los seguros de no vida, por ejemplo, se ha promovido una guía de buenas prácticas, que, partiendo de que los “términos jurídicos y el argot profesional hacen que los seguros resulten, en ocasiones, de difícil comprensión por parte del público general”, llega a sugerir la supresión de ciertos “términos que presentan un mayor nivel de complejidad de comprensión por parte del cliente y que, por lo tanto, se considera necesario dejar de utilizar” (UNESPA, 2018, págs. 1 y 2). De este modo, podrían desaparecer del uso cotidiano términos como “edad actuarial”, “expoliación”, “valor real” o “valor venal”. En cuanto a otros conceptos “menos oscuros”, se proponen, simplemente, expresiones alternativas (“tabla de valoración” por “baremo”, “dolencia previa” por “dolencia preexistente”, o “devolución” por “extorno”).

En consonancia con lo anterior, el regulador bancario europeo sugiere que el lenguaje usado en las actividades de educación financiera sea pedagógicamente apropiado y técnicamente preciso, y, al mismo tiempo, llano y libre de la jerga financiera, todo lo cual supone un sobresfuerzo para los responsables de desarrollar y ejecutar los programas de educación financiera (European Banking Authority, 2018, pág. 15).

La simplificación lingüística es necesaria, y se promueve por diversas iniciativas legislativas que buscan la claridad y sencillez de la información precontractual o contractual, aunque no debería perderse de vista que el excesivo empobrecimiento del lenguaje, fruto, en muchos casos, de décadas de evolución empresarial, profesional y social, podría socavar la realidad en la que se mueven tanto los proveedores de servicios financieros como los usuarios, convirtiendo la riqueza cromática del idioma en una simple escala de grises.

Es llamativo, como sugiere Domínguez (2018b), que, en ocasiones, lo que puede generar confianza en el cliente no es tanto el lenguaje sino la presencia de un elemento de materialidad, pues, por ejemplo, “en otros tiempos, la tangibilidad de la libreta era un atributo muy demandado como respaldo de la materialidad de los ahorros”. En la actualidad,  a pesar de ciertas paradojas en cuanto a su efectivo conocimiento por los ciudadanos, “la cuenta de ahorro es el vehículo de ahorro más frecuente entre los individuos”[4].

Aunque tanto las mejores prácticas como las nuevas propuestas en materia de educación financiera tratan, en general, de ser útiles para los consumidores financieros durante todo su ciclo vital, no se han de perder de vista las necesidades de mejora de las competencias económicas y financieras de otros agentes institucionales y profesionales, especialmente por las importantes funciones sociales que algunos de ellos están llamados a desarrollar[5]. Este podría ser el caso, por ejemplo, de los operadores jurídicos y, más en especial, de los jueces y magistrados[6].

Igual que las entidades de depósito intermedian entre los depositantes y los solicitantes de crédito armonizando sus intereses y necesidades, casando el corto con el largo plazo, los programas de educación financiera se sitúan, de un lado, entre las variadas fuentes del conocimiento económico y financiero y, de otro, entre sus destinatarios, por lo que para que su acción sea eficaz deben: (i) aprehender el significado de la parcela objeto de estudio y trasladarlo, sin merma de su sentido, a un lenguaje o a una simbología claros y sencillos; (ii) operado lo anterior, elegir el mejor canal para transmitir este conocimiento adaptado a los no especialistas.

Los enormes esfuerzos desplegados por todo tipo de actores y los magros resultados obtenidos en estos años obligan a replantear la metodología seguida hasta el momento. El documento escrito con la mayor sencillez o la charla impartida de forma llana y adaptada al perfil de los destinatarios de la acción formativa, sin incurrir en excesivas simplificaciones que desfiguren la realidad económica y financiera, se deben valorar, naturalmente, de forma positiva, pero otras vías complementarias o alternativas deben ser buscadas.

No se puede soslayar que el “canal físico”, que incluye el asesoramiento personal —en sentido amplio—, cursos y seminarios es el preferido por los consumidores y el más efectivo para hacer llegar un mensaje y generar confianza, además de que permite la interactuación y la retroalimentación del proceso (European Banking Authority, 2018, pág. 14). Por ello, lo recomendable, concluye el regulador europeo, sería combinar la intervención presencial con otras acciones y canales más innovadores.

Últimamente se aprecia un creciente interés por la psicología financiera, particularmente tras el otorgamiento en 2017 del Premio Nobel de Economía a Richard Thaler (con el antecedente del mismo Premio otorgado al psicólogo Daniel Kahneman en 2002), y por la arquitectura, la estructura y el entorno de la toma de decisiones[7]. Por otra parte, es inexcusable demorarse en la transformación tecnológica y prestarle la atención debida a su impacto en la educación y en inclusión financiera y digital[8].

Pero ahora nos interesa destacar, más allá de estos nuevos campos de la psicología financiera, del marco para la toma de decisiones o de la tecnología, por los que esta disciplina tendrá que transitar necesariamente, otros enfoques metodológicos, sorprendentes en algunos casos, que, paulatinamente, van encontrando hueco y consolidándose entre las mejores prácticas de educación financiera por su atractivo para los usuarios y por su mayor eficacia, a pesar de la complejidad inherente al mundo de la Economía y las Finanzas, como hemos mostrado.

Estos “enfoques alternativos” no han sido ajenos a las directrices y principios de educación financiera establecidos por algunas instituciones de referencia en este ámbito. Por ejemplo, la OCDE (2005) señaló que en la implementación de la “educación financiera se deben tomar en consideración varios factores económicos, sociales, demográficos y culturales, que varían de país a país, existiendo numerosos métodos para desarrollar con éxito las acciones de educación financiera dirigidas a una particular audiencia”.

El “Código de Buenas Prácticas para las iniciativas en educación financiera” (Finanzas para Todos, 2016), establece como cuarto compromiso de su decálogo, en esta misma línea, el consistente en la adecuación de la educación financiera al público al que se dirige.

En consecuencia, conforme a este enfoque, identificaremos a continuación algunas metodologías, escenarios y prácticas innovadoras en materia de educación financiera, destinadas a usuarios de perfiles determinados, que van más allá de las tradicionales formas de provisión de educación financiera, tales como publicaciones, portales de Internet, servicios de consulta, campañas y eventos, y cursos y seminarios (Domínguez, 2017, pág. 35).

  1. Una aproximación diferente a la educación financiera

De acuerdo con el apartado anterior, se muestran a continuación diversas metodologías, escenarios y prácticas, desarrollados además de en nuestro país en otros de su entorno.

  • Aportaciones desde el ámbito de las ciencias sociales.

La Economía —y el modo de razonamiento que le es propio—, con su extensión al ámbito de las Finanzas, nos rodea de forma natural y casi imperceptible. Para identificar este conocimiento, entenderlo y aplicarlo en la práctica, no es necesario recurrir a fórmulas matemáticas o estadísticas, ni ser un experto economista o financiero, como muestra Mihir Desai en su libro “The Wisdom of Finance (Discovering humanity in the world of risk and return)” (2017); este autor se propone en esta obra explicar las Finanzas, de forma accesible y amena, desde la literatura, la historia, la filosofía, la música, la religión y las películas de cine, sin una sola ecuación o gráfico, sino, simplemente, contando historias.

Más específicamente, en el marco de la llamada “Danish Money Week”, que se inspira en las prácticas seguidas en Holanda (“Dutch Money Week”), se desarrollan contenidos formativos en colaboración con la “Asociación de profesores de matemáticas”, aunque, sin embargo, en su elaboración también participan profesores de ciencias sociales para aportar una nueva perspectiva (European Banking Federation, 2015, pág. 17).

En Alemania se ofrece educación financiera en las aulas, que, normalmente, se integra en disciplinas como los estudios sociales o cívicos, la educación del consumidor, las Ciencias Políticas o la Economía (European Banking Federation, 2015, pág. 24).

El Banco Nacional Suizo (“Swiss National Bank”) ha impulsado la web “Iconomix” para facilitar la enseñanza de la Economía, la cual se halla a disposición de los profesores de esta disciplina y de los de humanidades en escuelas de secundaria.

  • Educación financiera y nociones legales básicas.

Edufinet, partiendo del carácter de la educación financiera como “especie de disciplina fronteriza” (Domínguez, 2015, pág. 4), dedica parte de sus contenidos al marco jurídico. Un paso más se ha dado con la celebración en Málaga (España), en noviembre de 2018, del primer Congreso Internacional de Educación Financiera, pues uno de los talleres de trabajo celebrados con carácter complementario al mismo se centró en las “nociones básicas de Derecho para la educación financiera”.

En Francia, desde el Ministerio de Educación, ya se desarrolló en 2006 un “cuerpo común de conocimientos y competencias” que incluyó, entre otros contenidos, “nociones legales básicas” (European Banking Federation, 2015, pág. 22).

  • Psicología financiera destinada a jóvenes.

Ya hemos mencionado el cada vez mayor interés por la psicología relacionada con la Economía y las Finanzas. Como novedad, en Dinamarca se desarrollan campañas de esta naturaleza con los más jóvenes como destinatarios (European Banking Federation, 2015, pág. 16).

  • Educación financiera, museos y espectáculos.

Una iniciativa particularmente interesante, a nuestro parecer, consiste en aproximar la educación financiera al público en general a través de museos, obviamente, adaptados al propósito perseguido, más interactivos que meramente contemplativos.

Merece ser destacado el “Museo del Risparmio” radicado en Turín (Italia)[9]. Según se dispone en su página web, “The Museum of Saving was born from the idea of creating a unique,  innovative, entertaining location, dedicated to families, adults and children, where it is possible to approach the concepts of saving and investment with a clear and simple language, in order to improve our own Financial Literacy”.

No se trata de un museo tradicional, como se destaca expresamente, sino de un proyecto de “entretenimiento educativo” (“edutainment project”), que se inspira en buena medida en el juego.

Esta opción parece preferible a la visita, sobre todo de menores de edad, a sucursales bancarias, para llevar la formación a “terreno neutral” y separar nítidamente los fines educativos y formativos de los comerciales, lo que no impide que algunas oficinas bancarias que conservan la factura externa de otras épocas merezcan ser conocidas por la ciudadanía, por ser auténticos “museos vivos”.

En Austria también se puede encontrar un “Museo del Dinero” promovido por el banco central austriaco, en el que se expone el desarrollo del sistema monetario y su historia, y se familiariza al público con la política monetaria (Comité Económico y Social Europeo, 2017, pág. 23)[10].

En Italia se desarrolla “Econosofía”, que es un espectáculo educativo y de entrenamiento para adultos y estudiantes de secundaria sobre el estilo de vida, la responsabilidad individual y colectiva, la Economía y el consumo sostenible, representado en varios teatros (Comité Económico y Social Europeo, 2017, pág. 20).

  • La educación financiera y los juegos.

Es posible que en nuestra sociedad, con un ritmo de vida tan acelerado, se preste escasa atención al juego como medio de aprendizaje. Partiendo de nuestra experiencia personal, son incontables las partidas de “Monopoly”, por ejemplo, que, además de horas de diversión, nos han permitido aproximarnos por primera vez al mundo inmobiliario, a la compra y venta de propiedades, a la hipoteca o a la negociación, en un marco de incertidumbre en el que cualquier giro inesperado, financiero o no, podía provocar un súbito cambio del juego.

Los juegos, en formato de juego de mesa o electrónico, siempre que su complejidad no resulte excesiva, ofrecen una buena ocasión para aprender aspectos básicos de la Economía o las Finanzas. Ya hemos mencionado, respecto a la primera tipología identificada, el célebre “Monopoly”, mientras que como ejemplo de la segunda podemos señalar el juego “Chair the Fed: A monetary policy game”, desarrollado por el Banco de la Reserva Federal de San Francisco, que permite asumir el ejercicio de la política monetaria[11].

El Comité Económico y Social Europeo (2017, pág. 63) anima a la industria juguetera a desarrollar juegos que, en clave didáctica, incorporen nociones financieras.

En Francia se ha elaborado un juego para dispositivos electrónicos que permite aprender a gestionar el presupuesto por niños de 5 a 8 años, tomando como marco una fiesta de cumpleaños (European Banking Federation, 2015, pág. 23).

En Malta, la industria bancaria ha patrocinado un “banco simulado” (“mock bank”) donde los estudiantes desarrollan un juego de rol que les permite conocer diversos servicios financieros (European Banking Federation, 2015, pág. 44). Esta iniciativa coloca a los más jóvenes, a través de un juego de espejos, en la “otra” posición, en la de la oferta de los servicios financieros.

Una combinación entre juego y aprendizaje práctico se alcanza en Polonia a través de las llamadas “Teenagers Mini Firm”, que permite constituir una empresa real con un año de duración, supervisada por los profesores, con un plan de negocio, de producción y ventas (European Banking Federation, 2015, pág. 49). Una iniciativa similar a esta (“miniempresa” o “empresa de estudiantes”) se puso en marcha legislativamente en España en 2013 (López Jiménez, 2013).

  • Redes sociales, televisión y radio.

Actualmente, la presencia en Internet y en las redes sociales de los programas de educación financiera está consolidada, en general, lo que les permite ofrecer información e interactuar con los usuarios en tiempo real y con sencillez. Hay que ponderar, no obstante, que para determinados perfiles no digitalizados estos canales pueden no ser los más idóneos por no disponer de las competencias digitales básicas.

A pesar de que estos nuevos canales y las plataformas de pago digitales compiten con la televisión tradicional, esta retiene una gran capacidad de penetración para llegar a un amplio público.

El Comité Económico y Social Europeo (2017, pág. 63) promueve la emisión de programas de televisión y radio de corta duración (10 o 15 minutos) sobre cuestiones básicas relacionadas con las Finanzas, las iniciativas multimedia y la educación financiera en las redes sociales.

Por ejemplo, en Austria se ha desarrollado un programa de televisión (“Sparefroh TV”) para promover la educación financiera entre niños y estudiantes, centrado en cómo manejar el dinero adecuadamente, que refuerza su impacto a través de la difusión adicional por YouTube y Facebook (European Banking Federation, 2015, pág. 4).

En Malta, la autoridad regulatoria (“Malta Financial Services Authorities”), a través de la unidad de quejas de consumidores (“Consumer Complaints Unit”), desarrolla programas de radio y televisión, aportando ponentes vinculados a varios grupos de interés (European Banking Federation, 2015, pág. 44).

Aunque no se trata de un programa de televisión, traemos a colación la “buena práctica” un tanto sorprendente, más regulatoria que de educación financiera en sentido riguroso, seguida en Rumania, donde en las principales oficinas bancarias se instalan televisores a través de los cuales se emite información sobre los derechos y obligaciones de los consumidores, conforme a la legislación vigente, y explicaciones relativas a la terminología financiera y bancaria (European Banking Federation, 2015, pág. 53).

  • Involucración en las actividades formativas de los padres y de los profesores de los niños y los adolescentes.

Toda acción en materia de educación financiera debe ser eficaz y, adicionalmente, con un mismo esfuerzo, llegar al mayor número de beneficiarios (de ahí, por ejemplo, la relevancia  de los MOOC). Un efecto adicional, más sutil quizás, se consigue cuando los más jóvenes aprecian cómo sus progenitores y profesores también participan, como alumnos, en las sesiones. Algunas acciones de este tipo se desarrollan, por ejemplo, en Estonia, donde determinadas acciones promovidas por la asociación bancaria se dirigen simultáneamente a niños, adolescentes, padres y profesores (European Banking Federation, 2015, pág. 19), o en Italia, donde el plan de educación financiera de la industria ha permitido crear, entre otras medidas, una página web específica para padres y profesores (European Banking Federation, 2015, pág. 34).

  • Momentos clave de la vida y educación financiera.

Se aprecia, en general, una tendencia a vincular la educación financiera con determinados momentos clave de la vida de las personas, algunos positivos, como la obtención del primer sueldo, el nacimiento de un hijo o la jubilación, y otros más negativos, como las situaciones de crisis matrimonial o el despido laboral.

Para la OCDE/INFE (2012, pág. 18), se deberían aprovechar determinadas ocasiones (“teachable moments”) para formar a los individuos, sobre todo cuando se adoptan decisiones personales que proyectarán sus efectos a largo plazo, o estas son especialmente trascendentes desde el punto de vista financiero.

Así, en Francia se trata de educar a los jóvenes adultos sobre el comportamiento financiero relacionado con el momento en el que consiguen su primer salario (European Banking Federation, 2015, pág. 22), mientras que en las zonas rurales de Gales las comadronas han aprovechado los embarazos para explicar a las futuras madres nociones básicas de economía familiar (Comité Económico y Social Europeo, 2017, pág. 35).

  • Educación financiera en el trabajo.

En Irlanda, a través de un organismo gubernamental (“National Consumer Agency”) y con el apoyo de la industria bancaria, se desarrollan seminarios de una hora de duración en los centros de trabajo sobre finanzas personales (European Banking Federation, 2015, pág. 32).

 

Referencias bibliográficas

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Banco Mundial (2018): “Improving Student Outcomes for Only Twenty Cents”, Mind, Behaviour, and Development Unit  (http://documentos.bancomundial.org/curated/es/866351517954088018/Improving-Student-Outcomes-for-Only-Twenty-Cents).

Comité Económico y Social Europeo (2011): “Educación financiera y consumo responsable de productos financieros”, dictamen de iniciativa, 2011/C 318/04, DOUE de 29 de octubre.

Comité Económico y Social Europeo (2017): “Educación financiera para todos. Estrategias y buenas prácticas de educación financiera en la Unión Europea”, segunda edición.

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Zunzunegui, F. (2015): “Decálogo para el cambio de cultura bancaria”, Revista de Derecho del Mercado Financiero, 6 de diciembre.

 

[1] La participación de actores privados, sin excluir a los provenientes del sector financiero, siempre que, como es natural, no persigan un interés comercial y se acredite una capacitación y especialización pedagógica, no parece discutible, a pesar de algunas voces en contra.

El Parlamento Europeo ya abogó, en 2008, por el establecimiento de una red de educación financiera en la que participen el sector público y el privado, así como tutores especializados (Domínguez, 2011a, pág. 105). Tres años antes, la OCDE (2005) consideró que “la implicación de las instituciones financieras en la educación financiera debería ser promovida”, distinguiendo con claridad la educación financiera de la información financiera y del asesoramiento financiero comercial, y, en 2007, la Comisión Europea determinó que “debe alentarse al sector de los servicios financieros a lanzar iniciativas para contribuir al desarrollo de la educación financiera y a poner sus conocimientos a disposición del público” (Comisión Europea, 2007, pág. 10).

En contra, por ejemplo, Zunzunegui (2015), para quien “la educación financiera se debe impartir en los colegios al margen de la industria bancaria”.

En Domínguez (2017, págs. 21 y 22) se pueden encontrar las razones explicativas de la creciente implicación de las entidades financieras en el impulso y el desarrollo de acciones formativas.

[2] En este mismo sentido, véase Comité Económico y Social Europeo (2017, pág. 3): “Por desgracia, los estudios sobre cultura financiera muestran que incluso los conceptos financieros básicos, como los tipos de interés, la inflación y la diversificación del riesgo no son claramente comprendidos por mucha gente. Esta falta de información hace que las personas sean vulnerables y, en última instancia, puede conducir a problemas de endeudamiento excesivo y exclusión financiera”.

[3] Piénsese en el fenómeno de los tipos de interés cercanos a cero o negativos, o en la radical transformación del marco regulatorio financiero para la adaptación de los estándares de Basilea III, respectivamente.

[4] La Comisión Europea (2007, pág. 3) se ha encargado de recordar que “incluso productos financieros relativamente simples pueden parecer bastante complejos a un ciudadano medio que tenga poca o ninguna educación financiera”.

[5] Desde Edufinet se han desarrollado, por ejemplo, diversas acciones dirigidas a periodistas (Domínguez, 2012a). Esta necesidad de formar a los periodistas también se ha sentido, por ejemplo, en Portugal (European Banking Federation, 2015, pág. 51).

En el caso de los empresarios y emprendedores, no es que haya acciones de este proyecto de educación financiera que se dirijan a este colectivo, sino que uno de los pilares del mismo —Edufiemp— los tiene por destinatarios exclusivos (por ejemplo, Domínguez, 2012b).

[6] En Gómez Pomar, F., Ganuza, J.J. y Artigot, M. (2018), a propósito de la “crisis del AJD de los préstamos hipotecarios” de octubre de 2018, cerrada tras intensos debates con el Real Decreto-ley 17/2018, de 8 de noviembre, por el que se modifica el Texto refundido de la Ley del Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados, aprobado por el Real Decreto Legislativo 1/1993, de 24 de septiembre, se señala abiertamente “la falta de adecuada preparación financiera y económica en unos órganos judiciales que han de decidir sobre una materia en la que la aplicación de normas imprecisas y abiertas no puede ser mecánica e irreflexiva y prescindir de la realidad de los hechos (que son financieros y económicos) y de los verdaderos efectos sobre el bienestar económico de aquellos a quienes las normas pretenden proteger”. Para más detalle, véase Domínguez y López (2018).

[7] La OCDE (2005) ya destacó en una etapa temprana la conveniencia de destinar mayores esfuerzos de investigación en relación con esta disciplina.

Un estudio más profundo, enriquecido con un trabajo de campo, algunas de cuyas conclusiones se presentaron en la quinta sesión del Congreso Internacional de Educación Financiera de Edufinet celebrado los días 22 y 23 de noviembre de 2018 en Málaga, se puede encontrar en Domínguez y López (2019), incluido en este mismo libro de actas.

[8] El G20 (2016), ante la evidencia de que dos mil millones de adultos carecen de acceso formal a servicios financieros, con la dificultad que ello supone para la mejora de sus vidas, y la constatación del amplio margen de mejora que los servicios financieros digitales ofrecen, ha fijado su posición al respecto a través del establecimiento de unos “principios para la inclusión financiera digital”.

[9] Su sitio en Internet es http://www.museodelrisparmio.it.

[10] A través de este enlace se puede acceder a información relativa al mismo: https://www.oenb.at/Ueber-Uns/Geldmuseum.html.

[11] Se puede acceder al mismo en el siguiente enlace: https://sffed-education.org/chairthefed/WebGamePlay.html.


José María López Jiménez

Especialista en regulación financiera. Doctor en Derecho

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